Archive for January, 2008

psy-chic-art-attack. primera parte

January 19, 2008

img_0066.jpgorigami: cri cri
foto: le cuis le gris y dasbald
arte: alberto v. y virus v.img_0066.jpg

la definición de las palabras. otra parte más

January 17, 2008

Yo miento. Mejor dicho. Creo la experiencia antes de que suceda. Floto, es decir creo el relato antes del acontecimiento. El relato no es un producto de la experiencia. !Yo quiero ser el relato y no un detalle sobre el que se agita la tormenta, la nevisca o la brisa del relato! Me doy cuenta de que quiero ser una varita mágica. ¡Soy un encanto! Aunque no sé si este talento es innato o adquirido. Me falta la primera mentira para determinarlo todo. Eso sí, tengo poco aliento. No puedo dar más que palabras, cosidas. La naturaleza está demasiado lejos, aunque nos hablamos con espejos. Con señales de humo. En poético código morse mudo. La naturaleza es una digresión más en mí, como si estuviéramos atados uno con el otro de espaldas sin poder vernos la cara nunca. Sin conocer nuestros verdaderos rostros. A veces cuando me pongo a escribir tomo demasiado impulso y voy para adelante y en el envión que tomé de alegría me olvido de todo y en especial de la puntuación. Como ahora. Que pongo y por todas partes. Una y. Y después otra compensa cualquier falta de estilo. Nada me preocupa más que el estilo. Crearlo, pulirlo. Mentirlo. Pero también después destruirlo y extrañarlo. ¿Pero decía que inventaba o mentía? Ya no me acuerdo y no me gusta releerme. Digamos que invento para mentir mejor. Por ejemplo si alguien me dice que leyó un libro o visitó un lugar y a mí me interesa ese libro o ese lugar digo que ya lo leí o que ya fui. Si no me interesa no digo nada y cambio de conversación. Baja el barómetro, se pone el sol. Siempre es otra ocasión. Pero dije que mentía y entonces si miento es como si lo hubiera hecho de verdad. Después cuando voy y lo hago me digo a mí mismo que para qué vuelvo a hacer lo mismo. Igual a mí ya no me gusta leer más ni viajar a ningún lado, así que no sé por qué me empeño en relatos. No recuerdo el futuro que se transformado en pasado sino mis mentiras, mis relatos. Tal vez porque hay un don adivinatorio al que no puedo huir no adivino. Ese don. El que me hace desplegar. Nada que ver con la invención ni con la experiencia. Extraño el diccionario. A él si que no hay don que lo domine ni lo amedrente. Me gustaría hablar en rimas. Pero para eso tendría que ser un músico de jazz. Tener su oído entrenado. Cuál es mi capacidad de improvisación. ¡Ya lo recuerdo: la mentira! En este momento mientras hablo con este espejo que tengo a mis espaldas me doy cuenta de en realidad un coro canta todo lo que venía diciendo. Canta una ópera que es mi relato. Mejor dicho estoy soñando estas palabras cantadas, escritas en este relato. Sueño que el sueño tiene música y los que tomamos parte cantamos como en una ópera. Mejor dicho ellos cantan y yo mientras cantan escribo el libreto, la música, coso los vestidos. Sobre todo tengo que coser y coser. No puedo hacer realmente y en profundidad otra cosa. Pero tal vez sea yo el que canta por todas las bocas. Una ópera de muñecos y un solo ventrílocuo. ¡Como verán quedo exhausto! Los muñecos más perezosos y los menos talentosos, que generalmente ocupan los puestos del fondo, esos recitan el silencio y la distracción del argumento. Nada de canto para los perezosos y los talentosos. ¡Y de pronto me doy cuenta de que yo también estoy y no solo mi voz en el canto! Y si bien yo canto en cada voz y recito con cada esfuerzo de la memoria de los del coro del fondo, yo no tomo parte en la representación. Mi cuerpo esta como Blancanieves antes de que termine su relato. Pensando. Tal vez la muerte empollando. Pero no nos olvidemos, no me debo olvidar, de que yo también coso y coso tras bambalinas unos trajes para las damiselas inexpertas. Las amigas del director y del manager. A veces me gusta este papel que me asignan los cuerpos teatrales. En el que me tengo que apresurar, correr de un lado para otro, llegar a tiempo. Por suerte ya estoy bien entrenado. Doy la última puntada cuando a la prima dona ya la tienen bien peinada. Y sale a escena despampanantemente y abrumada. Típico. Y yo me escabullo entonces por un túnel rápido. Casi por el agua resbalando. En este teatro el puesto de apuntador ha quedado vacante y la cuevita en medio del escenario cesante. De ahí puedo ver los últimos pasos de danza. Los últimos trinos de pajarraco. Se cierra el telón. Cuando estamos aplaudiendo todos, yo al lado de una señora vestida con un zorro plateado, es cuando justo yo me despierto. Pero no me levanto. Huelo la almohada. Sigue siendo verano. Toda mi vida , aquí, así, transcurre en verano. ¿Es verano o es el recuerdo que me roza cuando escribo no con el recuerdo sino que automáticamne escriben las manos? ¿Dónde estaba? ¿En qué pasaje de la mentira? Los mentirosos y los que recuerdan son amigos. Eso recuerdo dice mi diario. Los mentirosos y los que recuerdan se odian y se aman. ¡Para los perezosos en esta vida del relato el canto! Dice un canario. ¡Miren como flota! Por suerte anoche pude dormir. Pero no pude tener insomnio y recurrir a mis trucos de magia. Cada noche cuando no puedo dormir recurro al truco del ábaco. No cuento ovejas sino que cuento escritores que me aprendo de memoria de los lomos de la biblioteca de mi hermano. ¿Podré hablar de otra cosa en definitiva que no sea de mi hermano? Pero volvamos al método. Este es mi ábaco. Así como otros cuentan ovejitas yo cuento esos escritores. Este método nunca falla. A veces solo posee algún que otro desencanto. Uno a uno vienen y saltan el cerco de mi mente, hacen una pirueta, me saludan y se alejan del presente. Por ejemplo si ahora tuviera que improvisar improvisaría. Siempre es grata la ocasión para un buena improvisación. O en su defecto para encontrarse con su hermana menor, la digresión. Puedo contar por países, por estantes, por lenguas o por ser entre sí bien distantes. Herman Broch, Marcel Proust, Musil, Thomas Mann, Martin Amis…pero Martin Amis nunca sabe saltar sin recurrir a algún truco. No sé que hace entre las perlas de mi ábaco. Porque nunca sabe si saltar o tirarse sobre le cerco. Entonces se interrumpe la improvisación, se astilla cualquier intento de digresión. Y sucede lo peor. El chisme toma partido en la imaginación. Igualmente lo peor que podría suceder es que dos escritores quisieran saltar al mismo tiempo. Así porque sí. Por generación espontánea. O por tratarse del ser entrometido de las frutas geminadas. Entonces la cola se atora. Se retuerce contra el horizonte. Los escritores se impacientan, se prometen cosas estúpidas, se retuercen de dolor o de placer ante le invento del insomnio. Se vuelven viejas malas en la cola del supermercado. El dolor, la noche, el desencanto.

Doppelgänger

January 16, 2008

Un robot que se dedica
a la traducción de novelas románticas
durante el día
juega a una versión del tres en línea
contra una computadora,
retrasado en la noche, ya
vestido con su pijama de tela gastada
como un don que
no se puede usar más,
pero de pronto
interrumpe su juego,
y antes de ir a recargar sus baterías
sentado dentro de su caja de pinotea,
abre el explorador y comienza a escribir
una mensaje, me dice,
en el que me cuenta
un poco más de su vida y
del silencio astronómico
calcado por su cerebro.
Sé que una de las leyes de la robótica
impide que cualquiera
de estos frágiles muñecos enlatados
en nuestra propia sensibilidad
atente contra la vida de un ser humano.
Alguien, tal vez mi madre,
pronunció en la medianoche
frente a un espejo vacío
colgado en un habitación diminuta
de su castillo de invierno
la ley que impide que me suicide.
El mismo espejo
que se confundió con mi corazón.
Deambulo, sin luna llena,
sin un perfil proyectado por una linterna mágica
ni una fosforescencia sobre
la felpa arrugada de mi mollera.
Una resina fósil
de un mágico helecho
nacido de las esporas del espacio exterior.

Las correcciones

January 16, 2008

La idea de que he logrado o lograré
sacar una confesión.
Solo que en este espacio cerrado sin techo
resuenan aún por unos altoparlantes bien ocultos
las palabras que nombran
el factor fugitivo del yo,
el índice de la presión de helio
que bombea en su interior,
la demonomanía de un secreto.
Una a una
estas palabras agrupadas en bloques
más o menos uniformes
caminan formando una fila india
en dirección al detector de metales.
La cinta breve de equipaje de manos
así como el monitor de rayos x adosado a ella
están vacíos.
Todo lo que acarrean las ha convertido
en intrusas de su propio equipaje.
¿Un agente del yo?.
Esta ciudad me ha proporcionado
un sello oficial, una visera de vinilo,
un buen olfato de perro entrenado
con el que me paseo tal vez inservible.
No se trata del inicio de un viaje,
ni de hacerlas volver en sí reavivadas
luego del cansancio
provocado por el trayecto del viaje.
Circulo,
y mientras circulo,
cada uno de mis movimientos
es bañado
con la inmovilidad de un rayo de sol
como el que cae lento
sobre los objetos
de un folleto turístico
y cada palabra comienza
con una declaración
que rectifica la de una palabra anterior,
dejándola inmóvil
tan solo por un instante
sobre ese silencio tan parecido al
que se produce
cuando uno entra
a una habitación alfombrada